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jueves, 18 de noviembre de 2010

COP-16: colapso garantizado



John Saxe-Fernández / I

Paul Sweezy observó hace dos décadas que la incorporación de la financialización en la acumulación capitalista es factor inequívoco (con la desre-gulación y especulación que le acompañan), que impulsa un riesgoso desorden global signado por interrupciones en el proceso de producción y de la acumulación de capital, quiebras, desplomes bancarios y pánicos financieros semanales, aumento desmesurado del desempleo y subempleo, en más polarización del ingreso, la guerra de clase, huelgas, paros obreros, lockouts: lo que estalló en 2007 es una dinámica del tipo gran depresión que en el pasado desembocó en cataclismos mi- litares, aunque hoy los órdenes de magnitud, de complejidad y violencia son ma- yores, en lo económico-militar y ambiental.

El asunto de fondo, presente en la etiología bélica, se centra en la geopolitización de las relaciones económicas internacionales (finanza, comercio, moneda) por un agresivo hegemón en crisis y en movilización bélico-industrial. Se sabe que cuanto más inestables sean los elementos económicos, político-mi-litares y sociales dentro del clima general que afecta a la acumulación, menos probable será que los capitalistas acumulen a través de la producción: en medio de un creciente agotamiento de recursos naturales convencionales (combustibles fósiles, minerales, metales, baratos, de alta calidad y fácil acceso, incluyendo agua, biodiversidad y un acele- rado deterioro atmosférico) el potencial de destrucción ambiental e intensificación bélica se agudiza y amplía a niveles de irreversibilidad terminal.

Las respuestas del alto capital, en lo ecológico-económico son garantía de catástrofe. En el G-20, sometido por Estados Unidos a la articulación cortoplacista de metas al gusto del aparato financiero-empresarial, donde rige la valorización y el libre flujo del capital, se privilegian salidas parciales, incapaces de responder al carácter sistémico e integral de la crisis. Su cumbre de finales de 2010, incapaz de ofrecer alternativa real ante el derrumbe que enfrentamos, preparó la agenda para los negocios y especulacilón con la naturaleza.

La amenaza de que el fiasco del Acuerdo de Copenhague (AC) se extienda a la Cumbre de Cancún (COP-16) es real. Nada indicaba, como observó Jayati Ghosh (Memoria Marzo 2010), que en el tan jaleado periodo previo al AC, “... los organizadores tuvieran en verdad la ambición de cambiar su curso y detener o invertir un proceso de crecimiento claramente insostenible¨.

La resistencia del alto capital se hizo sentir: las ganancias, el manejo y usufructo privado de los recursos naturales y la rendición de cuentas ante inversionistas son prioritarios.

De cara a la COP-16 (Nov29-Dic10) el panorama es sombrío: como con el G-20, la meta es garantizar las exigencias e intereses de los grandes monopolios frente a lo que, más que una crisis como la de 1929, se perfila como un abismal colapso económico, ecológico y militar, en que está en juego el marco de referencia bioquímico que permite la existencia humana sobre la corteza. Pero en el capitalismo prevalece, en su esencia, la expansión de la ganancia, aunque desemboque en la autodestrucción, el genocidio y el ecocidio: según documentos oficiales develados por John Vidal (The Guardian 12-IV-10), en la estrategia de Estados Unidos para la COP-16 se privilegia, “reforzar la percepción (sic) de que Estados Unidos está comprometido en negociaciones...para gestar un régimen global de combate al cambio climático”.

La idea es manejar las expectativas, (textual): con un mensaje claro del estatus del AC y de la importancia de poner en práctica todos (sus) elementos. Es decir, Estados Unidos no negociará elementos no incluidos en el AC y tratará de que Cancún ofrezca el AC como paquete vinculante bajo el tómalo o déjalo. Al AC se han asociado 110 países, pero no ha sido adoptado por las 192 naciones de la Convención de la ONU, mientras Estados Unidos chantajea a los países que no coincidan con el AC, negándoles ayuda.

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